¿Quién te hizo esto?

Nací a comienzos de los ’60 en Gary, Indiana. Mi pene era muy pequeño (menos de una pulgada de largo), y mis testículos no habían descendido. L*s doctor*s les dijeron a mi mamá y mi papá que con semejantes genitales diminutos sería imposible que yo funcionara como un hombre, y que debía practicarse una cirugía, para que me pudieran criar  como una niña. Afortunadamente, rehusaron a dar su consentimiento. Ell*s vieron lo que parecían ser genitales masculinos, e insistieron en conocer mi información genética. Genéticamente yo era un bebé masculino, y perfectamente sano. Mi papá y mi mamá pidieron que se les permitiera llevarme a casa, más allá de las preocupaciones furtivas de l*s doctor*s que me atendían.

Cuando tenía dos años, después de un examen físico rutinario, l*s doctor*s insistieron sobre una cirugía exploratoria para buscar mis testículos no descendidos. Los encontraron entre los riñones y las ingles. Los extrajeron, pensando que no funcionaban y que se volverían cancerosos si permanecían dentro mío. Fue un error. De adulto he aprendido que tengo síndrome de Kallman, una condición en la que el hipotálamo no estimula la pituitaria para hacer que libere las hormonas necesarias para estimular el crecimiento testicular. No tengo sentido del olfato, un indicio  muy fuerte de Kallman. Los niños con Kallman pueden ser tratados usando un dispositivo similar a una bomba de insulina para semejar la función del hipotálamo. La mayoría de los pacientes con síndrome de Kallman son fértiles con este tratamiento. Por supuesto, en mi caso, este tratamiento no fue posible, porque l*s doctor*s quitaron innecesariamente mis testículos.

Aunque l*s médic*s intentaron convencer a mi mamá y mi papá de que viviría miserablemente como un hombre con tales genitales pequeños, la historia de mi vida no ha sido la que ell*s temían. Es verdad, siempre he sido muy cauteloso a la hora de desvestirme en frente de otr*s. Fue particularmente duro en las clases de gimnasia en la escuela, y recuerdo haber ido a clase más temprano y correr vueltas extras, así era el último en usar la ducha. Algunas veces evitaba incluso las duchas si creía que podía evitarlo. Incluso hoy soy precavido al ducharme en un establecimiento público, por ejemplo, en el gimnasio después de entrenar. Pero nunca he estado desnudo delate de otr*s el tiempo suficiente como para convertir esto en una gran cuestión en mi vida. Simplemente no me uniré a una colonia nudista, y mis genitales nunca serán un factor tan importante como el modo en el que interacciono con otras personas. Y si la gente me rechaza por quien soy, estoy mejor sin ell*s, de todas maneras.
En realidad, la única angustia real que he sufrido sobre mis genitales ha sido en manos de profesionales médic*s. Cada vez que fui a ser examinado siendo un niño, y más tarde, cuando comencé el tratamiento hormonal, l*s doctor*s parecían estar perversamente fascinados con mis genitales. Me hacían sentar en la posición de rana, con las piernas abiertas, e invitaban a equipos de intern*s  a venir y mirarme, mientras yo estaba desnudo sobre la fría mesa de examen de metal, sin que advirtieran la vergüenza en mi cara, mientras hablaban de mi en tercera persona, y me miraban de cerca, observándome minuciosamente como si fuera un insecto bajo un microscopio. Recuerdo una vez, había ido por atención médica en un viaje de campamento scout, y el doctor me miró fijamente con horror mis genitales, y dejó escapar un “¿quién te hizo esto?” –palabras que todavía suenan en mis oídos y me hacen sentir mortificado 25 años después.

Pero, francamente, siendo adulto, no paso mucho tiempo preocupado por mis genitales. Mi pene, aunque pequeño, especialmente cuando no está erecto, hace todo lo que yo quiero que haga. Me permite orinar de pie. Me da y le da a mi compañera muchísimo placer. Se erecta, penetra su vagina, eyacula. No sé que más necesitaría que haga. Soy simplemente tan afortunado de haber sido capaz de conservarlo. Muchos en mi condición no fueron considerados adecuados, y l*s doctor*s no les permitieron conservar intactos sus genitales. Me golpea que ahora, mas de 35 años después, l*s doctor*s en los Estados Unidos todavía siguen extirpando quirúrgicamente los genitales que no cumplen con sus criterios estrictos. Para mí se parece a algo salido de la Alemania Nazi. Me he comprometido a luchar contra esto con todo lo que tengo, por el resto de mi vida.                  
Soy un muy buen compañero de vida. Soy fiel, a largo plazo. Escribo poesía y soy muy divertido. He aprendido a compensar con un montón de juego creativo y técnicas no penetrativas, complaciendo a mi compañera oralmente, con masajes, con juego sexual, y pasando mucho tiempo haciéndole saber cuán agradecido estoy por cada momento que paso con ella.

Y mis genitales pequeños , en realidad, no han impactado realmente de modo negativo de otra forma en la que yo pueda pensar. Soy un abogado exitoso con un buen sueldo. Me identifico como un hombre, y no he tenido dificultades en actuar el papel. De hecho, estoy contento de haber nacido en la manera en la que nací. Lo vi como un desafío secreto que he superado, como escalar el Everest; me ha dado mucha autoestima, saber que no he permitido que mi condición física me afecte negativamente, y que no la he utilizado, tampoco, para demandar ningún status especial de víctima. (Doy un respingo cuando algún amigo me dice “Hale, tienes bolas”. Me he sentido tentado de reír y decirle “no, en realidad no tengo, pero no las he extrañado demasiado tampoco”). Hay un montón de cosas que podrían haberme ocurrido que podrían haber sido mucho peores. Mi condición física no ha evitado que desfrute las cosas verdaderamente maravillosas en la vida –un atardecer perfecto, una comida suntuosa, la risa de un amigo cercano, o la suavidad del beso de mi compañera. Estoy contento de ser quien soy.
Hale Hawbecker

Publicado en la compilación de Alice Domurat Dreger titulada Intersex in the Age of Ethics, University Publishing Books, Maryland , 1999.

Traducción de Mauro Cabral